Correcciones a un viejo escrito realizado en una clase de química: “Reflexiones para el hallazgo de un náufrago en una botella”

Encontrar una botella tras un naufragio conlleva a una serie de dudas, las cuales se pueden satisfacer averiguando qué es lo hay dentro. Todos se esperan una nota en letra manuscrita, en papel color ocre y bien enrollada, con un último adiós desesperado o una coordenada fantasma. ¿Para qué querría usted una nota corroída por las impiadosas aguas submarinas, corriendo el riesgo de perder irremisiblemente lo que en ella está escrito? 

Me compadezco de tales ambiciones. El lenguaje de los cristales es más simple, está lleno de detalles que gozan de la perfección geométrica, indudable y eterna, que sólo un alma mortal podría creer estar recibiendo, tan bien guardada, en una simple botella a la deriva. No crea que fue por accidente: el hecho es que existen dos mil setecientas cincuenta especies de minerales, y tan sólo siete sistemas cristalográficos, y sus manos, están sosteniendo un ejemplar único y notable en su composición: el cuarzo. 

Nací en Silicia, del gentilicio sílice, allá resulta mucho más fácil hablar por medio de las piedras, sin tanto rodeo. Hasta el servicio de correos es más rápido, y como si fuera poco, ¡nos ahorramos las estampillas! No es que seamos trogloditas. Si bien la dureza del carácter de los sílices es de 7,  según lo que me comentó mi buen amigo Mohs, no habría problema en adoptar las tonalidades propias de la impureza de nuestro credo, el que bien indica que para todos hay un número máximo de ocho caras, y nuestra hexagonal existencia busca, por instinto, romper los límites pitagóricos con actividades mundanas, como lo son las conversaciones con transeúntes de coral, o prestar atención a las voces de Humboldt.

Sin más rodeos, me encuentro en una botella -esta botella- porque busco la Libertad. Suena irónico, pero los momentum progresum se aprovechan de la buena voluntad y del buen tiempo; utilizan los cuarzos para fabricar lijas, discos, bloques, y lo que es peor: sistemas de soldadura a presión con soplete. A ratos me siento fuera del mundo, pareciera que ser un simple mensajero es uno de esos oficios que ya pertenecen a tradiciones medievales, propensos a ser reabsorbidos por la silicosis, en una sociedad inmersa en el tráfico de cuarzos y el mercantilismo.

He asumido el riesgo, pero no del todo. Sé bien que no puedo ser corroído en el abismo cristalizado, y no cabe la posibilidad de alterar en un átomo mi existencia. Pero me arriesgo aún así, porque he abandonado toda esperanza de ser útil, y estoy dispuesto a ahogar lo que queda de silicanto en un último sueño.